La tiranía del laicismo

El dios actual (arjé) es el hombre de carne y hueso.

La primera forma que tiene el Estado de controlarnos hace referencia a las creencias que predominan en la Comunidad Política. Hemos convenido que en cada Comunidad su Derecho Positivo se fundamenta en las creencias básicas generalmente aceptadas, creencias básicas radicales cuya piedra angular es la creencia primordial, lo que llamo el arjé generalmente aceptado, el dios, escrito con minúscula, en que la mayoría de los miembros de una Comunidad cree. La actual fe se basa en el antropoteismo, es la religión materialista de que traté en la Ética, la ola laicista que nos invade. Para ella la fuente de todo, dios, el arjé, es la Madre Naturaleza, el Mundo Material, y el Cuerpo Humano como parte de él. Ahora el hombre es una bestia que se cree dios, el ombligo del mundo, el hombre es dios para el hombre. Esta es la actual religión civil o laica basada en mera teología física, materialismo puro y duro, laicismo.

El antropoteismo convierte a Leviatán en un dios social.

Una política con el hombre como dios endiosa al Poder

Una política con el hombre como dios endiosa al Poder (recordemos el animismo político). Leviatán se cree dios, el dios social, esa es su alma. Ya nos aseguró Hegel que el Estado es «dios real» en la tierra.

Y excluye a Dios de la vida social, hay política sin Dios.

Hablo ahora de Dios con mayúscula, como Espíritu que es arjé. Dios sale de la vida social y se recluye en las conciencias, vivimos como si Dios no existiera.

Con lo que el actual es un Estado Laico Confesional, confesionalmente laico, laicista.

No hay aconfesionalidad del Estado, lo que hay es un Estado confesionalmente laico.

Intolerante con las otras religiones.

Es un Estado intolerante además con las demás religiones, como la cristiana, que pretende vuelva a las catacumbas. La supuesta «tolerancia escéptica y relativista» de que se nos habla supone obligarnos a todos a admitir que todas las opiniones valen lo mismo, es decir, nada, porque no hay verdad ni falsedad, no hay bien ni mal. Con esa idea de que toda opinión vale lo mismo (menos esta: la de que todas valen lo mismo, esta sí es verdad) se nos está imponiendo dogmáticamente el relativismo y el nihilismo, es decir, el laicismo. Eso es una trampa, la trampa saducea del laicismo.

La supuesta «tolerancia escéptica y relativista» de que se nos habla supone obligarnos a todos a admitir que todas las opiniones valen lo mismo, es decir, nada, porque no hay verdad ni falsedad, no hay bien ni mal.

Con su fundamentalismo y dogmatismo Leviatán Laico quiere imponer su doctrina y su credo.

Como señalé, los que mandan persiguen únicamente su propio interés, que es imponernos a todos por la fuerza el laicismo antropoteista y materialista. 

La hoja de ruta del laicismo.

Para llevarlo a cabo existe una hoja de ruta del laicismo que define cómo hacer una ingeniería social con todos nosotros, con nuestros cuerpos y con nuestras almas, una ingeniería que implante el laicismo en nuestras vidas, en nuestras libertades y en todos nuestros bienes, en todo nuestro suum. Tal hoja de ruta está bien definida. El año 2007 se ha publicado un Libro Blanco de la Laicidad que da las pautas para implantarla, siguiendo la estela de lo ocurrido en Francia durante la revolución en la que Leviatán se hizo democrático. La «Asociación Europa Laica», muy activa, ha redactado, presentado y explicado recientemente en el Parlamento Europeo una llamada Carta Europea por la Laicidad y la Libertad de Conciencia que indica los criterios para implantarla en todo el continente, y con este mismo fin, difundirla, ha establecido todos los años un día internacional del laicismo y de la libertad de conciencia (9 de diciembre). La «Fundación Ferrer i Guardia» ha desarrollado una hoja de ruta del laicismo para su implantación en España en el llamado Manifiesto de Barcelona, del año 2002. En Universidades se crean foros de laicidad, como la Cátedra de Laicidad y Libertades Públicas Fernando de los Ríos establecida en una Universidad española con la colaboración de organizaciones laicistas, la cual incluso ha promovido un «código del laicismo». Asociaciones, movimientos, observatorios, publicaciones… de todo hay.

La hoja de ruta laicista se centra en la implantación de una política sin Dios y sin Ley Moral.

Se centra en una política en la que el hombre de carne y hueso es el nuevo dios que, inmerso en el relativismo, crea a su antojo su propio bien y su propio mal. Para conseguir lo cual Leviatán debe llevar a cabo una ingeniería social antinatural, antihumana, bestial, que nos obligue a todos a comulgar con ese gran naufragio de la vida racional, opuesto a la naturaleza de las cosas y a la auténtica moral.

Los valores laicos.

«La laicidad es la regla de vida en la sociedad democrática», comienza diciendo el Libro Blanco de la Laicidad, un principio que debe aplicarse en todo proyecto político de cualquier Estado, de la Unión Europea o Mundial. Los «valores laicos», así se les llama, ¿en qué consisten?, ¿cuáles son? Se centran en la liberación de sobrestructuras y alienaciones y en la idea de una libertad carente de toda regla moral (lo cual es un gran engaño, lo sabemos por la Ética), haciendo que el hombre, inmerso en un total y absoluto relativismo, sea dueño de su destino y haga lo que le de la gana y le apetezca, sin normas, sin contar con los demás ni con lo que está o no está en la naturaleza de las cosas. En ese «valor» y en esa religión antropoteista tiene Leviatán que educar al niño desde su más tierna infancia.

Leviatán dispone de vidas, libertades y demás bienes.

Este penoso naufragio de la moral se consagra de hecho mediante una ingeniería social con la que Leviatán dispone a su capricho de todo lo nuestro, de nuestro suum, de nuestras vidas, nuestras libertades y nuestros bienes. Nacimiento, vida y muerte son considerados desde la libertad individual carente de normas, de manera que el derecho a matar a otro está garantizado, incluso en ocasiones es el Estado quien mata a sus ciudadanos como una prestación pública gratuita que todos pagamos con los impuestos.

El Estado Laico dispone del derecho a la vida de sus miembros.

La historia está plagada de homicidios, desde Caín y Abel, lo peculiar de nuestra época es que matar a un hombre se considera bueno y se hace legal, incluso se convierte en un derecho que el Estado ampara, sufraga y hace efectivo. El Estado no protege al que va a morir sino a aquel que quiere matarlo. Leviatán tiene el ius vitae de sus miembros, dispone de sus vidas, lo más preciado que poseen.

Lo hace cuando el derecho a la vida del pobre ser humano embrionario se transforma en un derecho a congelarlo, manipularlo y después tirarlo, lo que de hecho da lugar a la eliminación de miles de niños-probeta por el Estado. Se fabrican hombres en probetas y se conservan en nitrógeno líquido, pequeños seres humanos formados a partir de un cigoto y con su personal ADN son utilizados por el Estado como cosas que se pueden donar, congelar, seleccionar para eliminar los tarados, usar para investigar y, en fin, destruir cuando ya no son útiles.

También lo hace cuando el derecho a vivir que tiene todo ser humano mientras se desarrolla y crece en su seno materno se sustituye en un derecho a matarlo libremente mediante su aborto, y además es el Estado quien se encarga de eliminarlo dándole el carácter de una prestación pública sanitaria. Mientras vive y se desarrolla dentro de su madre la vida del niño está amenazada de una muerte amparada por el Estado, incluso pagada y practicada por él, millones de inocentes seres humanos son eliminados alevosamente mediante ese homicidio llamado aborto libre y sin causa.

También cuando el derecho a continuar viviendo del recién nacido que está enfermo se convierte en un derecho a matar al niño mediante la eutanasia neonatal, regulada, garantizada y practicada por el Estado. Hay países como Holanda en los que incluso se ha establecido, pagada con dinero público, una Comisión especial  del Estado llamada «Comisión Central de Expertos sobre interrupción tardía del embarazo y terminación de la vida de recién nacidos».

Y, en fin, el Estado Laico tiene también en sus manos el ius vitae de todos cuando el derecho natural a vivir de enfermos, débiles, ancianos y cualquier otra persona, se transmuta en un derecho del Estado a ejecutarlos mediante la mal llamada eutanasia usando para ello su sistema sanitario, estableciendo incluso clínicas especializadas en «matar bien» a los pacientes y en llevar a cabo tales ejecuciones «con esmero». En estos casos el «médico» puede matar impunemente a su paciente, y tales homicidios son supervisados y aprobados por el Estado, que los considera una prestación sanitaria y crea unas Comisiones específicas para controlar cada una de las ejecuciones una vez notificadas reglamentariamente.

En todos estos casos, los sanos y fuertes acaban con las vidas de los débiles y e inocentes usando para ello el aparato del Estado, Leviatán tiene en sus manos el ius vitae de sus súbditos, su derecho a la vida, lo más preciado de su suum. La vida humana es atacada por Leviatán Laico precisamente en sus fases más delicadas e inocentes, y eso se considera bueno y encomiable. El mal se disfraza de bien, y la Justicia y el Derecho entran en bancarrota.

El Estado Laico dispone de la libertad de sus miembros.

Leviatán dispone también de la libertad de sus miembros, a pesar de que es un derecho natural. Todo a causa del gran engaño que ha provocado esa imagen de la Voluntad General. Cada uno renuncia a su libertad más íntima, que es la del arbitrio libre de su propia voluntad, y la deposita en esa mística Voluntad de lo Común, creyendo así que preserva su libertad, que se obedece a sí mismo cuando cumple cualquier ley ¡Qué ingenuidad, qué inocencia!, en realidad han corrido detrás de sus cadenas y la han perdido para siempre. Ya dijo el Eclesiástico que es infinito el número de los necios, y Salomón que la estupidez es fuente de gozo para el estúpido. ¡Libre atado a la voluntad de todos los demás! En realidad Leviatán Laico Confesional es el único que de hecho es libre, y así puede imponer a todos su nihilismo relativista.

Leviatán dispone también de la libertad de sus miembros, a pesar de que es un derecho natural. Todo a causa del gran engaño que ha provocado esa imagen de la Voluntad General. Cada uno renuncia a su libertad más íntima, que es la del arbitrio libre de su propia voluntad, y la deposita en esa mística Voluntad de lo Común, creyendo así que preserva su libertad, que se obedece a sí mismo cuando cumple cualquier ley

El Estado Laico dispone de los demás bienes de sus miembros.

No sólo vidas y libertades están en sus manos, también los restantes bienes, Leviatán dispone también de los bienes de sus miembros. Lo quiere todo, todo suum, como aquel Timoteo, general ateniense, que recibió el nombre de Dichoso y al que se aplicó el proverbio: «incluso durmiendo su red recoge para él». El Estado, incluso durmiendo, recauda y confisca a diario ingentes sumas que están gastadas antes de entrar en sus arcas. Todos debemos ingresar continuamente dinero en su cuenta bancaria sin que se moleste siquiera en venir a recogerlo, somos sujetos pasivos, retenedores, repercutidos y otras especies tributarias, hay impuestos para todo.

En resumen, Leviatán Laico juega a ser dios, intolerante además.

Como vemos Leviatán Laicista juega a ser dios y hace lo que quiere con nuestras vidas, con nuestras libertades y con nuestros más preciados bienes. Y lo que desea es conformarnos a su imagen y semejanza.

José Ramón Recuero. Respuestas breves a inmensas cuestiones. (Cuestiones 592-605)

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