Entrevista sobre humanismo cristiano

El podcast Club Dalroy, con Javier Rubio Hípola y David García Díaz entrevistan a Carlos Barros de Lis y a Enrique Granados para charlar sobre humanismo cristiano y su importancia en el desorientado mundo actual.

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Presentación del libro ‘Recuperar la libertad. Por una España auténticamente democrática’

El Aula Política del Instituto de Estudios de la Democracia de la Universidad CEU San Pablo ha organizado la presentación del libro ‘Recuperar la libertad. Por una España auténticamente democrática’. Durante el evento se exploraron temas como la democracia, la libertad, la justicia y el Estado de Derecho.

Por el interés de varios de sus capítulos con una clara perspectiva desde el Humanismo Cristiano lo publicamos aquí.

El Estado no da la libertad

Sin embargo, sentirse libre no necesariamente es ser libre. Precisamente los estados quieren ciudadanos contentos, que se sientan libres, amodorrados y acríticos, porque facilitan la gobernanza y también su manipulación

Artículo de Carlos Barros de Lis en el Debate

https://www.eldebate.com/opinion/20250811/estado-no-da-libertad_325046.html

Ciudadanos contentos y acríticos facilitan la gobernanza de los estados, también su manipulación.

Muchos niños y jóvenes están de campamento; oliendo pinares, sudando marchas, soñando las estrellas y cantando alegrías: libres.

Otros, adultos, estarán viendo la serie, el micro vídeo de las redes y escurriendo el tiempo con mensajes. Que nada nos ocupe que nos preocupe: soñolienta existencia.

Nos percibimos libres todos: voy, digo, hago y pienso lo que quiero; y voto. La palabra libertad aparece enaltecida en todas las ocasiones y los políticos no dejan de usarla.

Sin embargo, sentirse libre no necesariamente es ser libre. Precisamente los estados quieren ciudadanos contentos, que se sientan libres, amodorrados y acríticos, porque facilitan la gobernanza y también su manipulación. Pero, ni la Magnesia de Platón, ni el Leviatán de Hobbes, ni el contrato social de Rousseau contemplan ni quieren la libertad de la persona, es más, la aprisionan. Rousseau fue más allá, y nos igualó bajo las cadenas de la Voluntad General del Estado. Esos estados, cuyas derivadas históricas desgraciadamente vivimos, se han convertido en todopoderosos y asfixiantes.

Por eso el hincapié en la libertad. No en la libertad del que ve la vida pasar, ni en la del que se mueve entre cuatro paredes de un lado para otro, que grita y piensa lo que quiere. Antes bien en la libertad de aquél que pregunta dónde está la luz, y la enciende; ve la ventana, y la abre, y respira; va hacia la puerta, y decide salir; se informa de los caminos, y elige uno que recorrer; se esfuerza en subir la montaña; corre el riesgo de caer entre las rocas; en la cima, contempla el horizonte y divisa aquellas cuatro paredes donde estaba encerrado; abre los brazos y eleva su mirada, y su alma. Esa es la libertad.

Los chavales del campamento: miran sus brújulas, corren riesgos, se esfuerzan, deciden, y elevan sus espíritus. Experimentan la libertad. Por el contrario, la comodidad, que tanto nos gusta, nos lleva a huir del esfuerzo, nos atonta la voluntad, nos lleva a la pasividad acrítica y, en el mejor de los casos, nos lleva al «que lo hagan otros, mientras me quejo».

La vida actual nos tiene tranquilos y encerrados en nuestros gimnasios, películas en la cama, trabajo en casa, noticias en titulares y mensajitos cortos. Nos pone en bandeja nuestra comodidad y la del estado. En estas circunstancias la formación crítica y el trato humano se vuelven menos naturales y algo que requiere voluntad para realizarse.

El primer paso de la verdadera libertad supone hacerse responsable de la misma. Quiero ser libre. Libre de verdad, con sus exigencias. Formar mi conciencia, para saber qué pienso y qué criterio tengo, y confrontarme a mí mismo. El segundo paso es asumir que la libertad supone elegir, y elegir supone, en ocasiones, el sacrificio de renunciar a las alternativas. A partir de ahí seré responsable de lo que pienso, digo y hago, aún con el coste que supone. Seré libre, y lo seré, aunque estuviera cubierto de cadenas.

El que no se hace responsable de sí mismo actúa según su ambiente y circunstancias, manipulado. Copia opiniones, sin conformar la propia. No sigue criterios de lo bueno y lo justo, no porque no existan, sino porque no hace el esfuerzo de conocerlos. Delega los criterios en el estado. Es el ciudadano perfecto. Controlado, conducido.

Nuestra libertad no es solo empequeñecida por la comodidad de las circunstancias. También la enorme legislación nacional y autonómica, cara e ineficaz, nos rodea con la sensación real de que todo tiene un precepto, y otro autonómico que lo cambia. Ningún ámbito de la existencia se escapa a varias normas, muchas veces yuxtapuestas, contradictorias e ilógicas. Ante ellas el cumplimiento de la mayoría se vuelve casi imposible y nos sitúa bajo sospecha permanente de infracción. Que nos hayamos acostumbrado no quiere decir que no respiremos cada vez menos aire. Para muchos, el no vislumbrar un futuro menos opresivo, supone un motivo de desmoralización y amargura.

Sin embargo, que el Estado todo lo legisle, siendo pernicioso, no es lo peor. Cuando aceptamos que el Estado es fuente de lo que es bueno o malo, justo o injusto, caemos en traspasar al estado algo que nunca debe estar en sus manos: los criterios de moralidad y los de justicia. Estos siempre son previos y anteriores al mismo. El Estado es un gestor al que las personas transferimos de manera temporal, parcial y revisable, determinado poder para el buen funcionamiento de la comunidad. En este sentido, ya la fundamental Escuela de Salamanca fue pionera en la elaboración de una teoría política que limitase al Estado.

Ante esta situación que nos rodea, es crítico que todos demos un paso para ser personas libres de verdad y con criterio propio bien formado. Esto nos permitirá, con el esfuerzo que huye de la comodidad, frenar la deriva de un Estado totalizador y asfixiante, no delegar en él nuestra propia responsabilidad, ni aceptarlo como fuente de criterios morales ni de justicia. Además, recuperaremos algo crucial, como es la ilusión de poder formar una sociedad mejor.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe pertenece al Instituto de Estudios de la Democracia

Recuperar la libertad

Por una España auténticamente democrática

El Aula Política del Instituto de Estudios de la Democracia, adscrito a la Universidad CEU San Pablo, es una plataforma de pensamiento compuesta por personas con preocupación por la vida pública, el hombre y la sociedad, con espíritu universitario basado en la libertad y el respeto a los principios básicos del humanismo cristiano.

Uno de sus fines es realizar y divulgar estudios que aborden los fundamentos morales, filosóficos y científicos de la democracia en España, unos fundamentos que, por entroncar con los inalienables derechos humanos, eviten que las mayorías democráticas invadan esferas de la vida social y personal que deben ser ajenas a la acción política del Poder.

En esa línea, ha promovido este libro coordinado por José Ramón Recuero Astray, filósofo, escritor y miembro de dicho Instituto, que ha ejercido como abogado del Estado en el Tribunal Supremo de España unos 30 años. Su finalidad es afianzar la democracia existente en España y contribuir a instaurar una democracia plural y efectiva, en la que la soberanía sea realmente del pueblo español, los poderes públicos estén limitados y sirvan al bien común y, en definitiva, los derechos y libertades de todos los españoles (de todos) queden preservados y garantizados. Ofrece para ello propuestas prácticas, realistas y positivas que permitan recuperar la auténtica democracia representativa y preservar las libertades fundamentales, para superar así la degradación de la democracia que se está produciendo en España y el ataque a las libertades que ello está causando en gran parte de los españoles.

https://www.dykinson.com/libros/recuperar-la-libertad-por-una-espana-autenticamente-democratica/9788419976925

¿Dónde están mis impuestos?

Cuando el Estado pone excesivo peso en ejercer el poder, y además la gestión es mejorable.

Artículo de Carlos Barros de Lis en el Debate

https://www.eldebate.com/opinion/tribuna/20250305/donde-estan-mis-impuestos_275740.html

Nadie. Bomberos, Guardia civil, Ejército; no había nadie. Al amanecer siguiente… nadie, no había nadie. Era la esperanza defraudada del escritor Posteguillo ante la inundada y devastada Paiporta. Otro pensaría: ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están mis impuestos?

El estratégico retorno a América, desde Filipinas, carecía inicialmente de ruta. El Virrey de Nueva España, Velasco, conocía al fraile cosmógrafo y navegante que podía dar con la clave. Felipe II le «sacó» del convento. Así, en 1565, el agustino Urdaneta llevó a cabo el Tornaviaje, abriendo la ruta que durante siglos marcaría el dominio español del Pacífico.

Son dos casos contrapuestos del funcionamiento del Estado. Es bueno recordar un ejemplo positivo propio; donde competencia, técnica, visión y voluntad se combinan. Nos ayuda a levantar la mirada.

El Estado tiene la delegación, por la sociedad, del poder y de la gestión política. Sin embargo, quizá ustedes sentirán que el Estado actual no lo está haciendo bien; piensen que pone excesivo peso en ejercer el poder, y que además la gestión es mejorable.

El ejercicio desmesurado del poder y la gestión deficiente tienen tres causas: interés particular, ideología y malversación.

Tomemos las autonomías como ejemplo de interés particular. Existen intereses divergentes, que las muevan a pelear entre ellas, como el reparto de inmigrantes. Suponen estos objetivos dispares un debilitamiento de la solidaridad necesaria para una sociedad más fuerte. El juego de ambiciones favorece resultados de suma cero, apartando la posibilidad de multiplicación del esfuerzo compartido.

Las autonomías mueven a los políticos a compararse y a justificarse, sean adversarios o no, entorpeciéndose entre ellos y perdiendo el foco. No solo entre políticos autonómicos, también con los del Gobierno nacional. Así, en Valencia, no parece que remasen juntos aquellos que representaban a las distintas administraciones.

La expansión de mi Autonomía, sin moderación o límite, llega a ser inagotable. Lo quiero gestionar todo, todas las competencias, todas las propiedades, mío, mío, mío. Sin agilidad y con una expansión normativa interminable. Según la CEOE, en 2022 se publicaron más de un millón de páginas en Boletines Oficiales (+22% respecto al año anterior); 80,8% autonómicas.

Esta ansia supone una subversión del principio de subsidiariedad. Aquel que nos dice que el organismo superior solo debe hacer aquello que el inferior no es capaz. Sin embargo, cuando el organismo inferior, en este caso la Autonomía, lo quiere hacer todo, y lleva el principio al extremo, sin asumir su incompetencia o ineficacia, estamos convirtiendo el principio en una justificación falsa.

Existe pues una preponderancia del interés particular hambriento de poder. También una ineficacia cara y lenta que ese egoísmo particular conlleva.

La segunda causa, del excesivo poder y la gestión deficiente, es que el Estado no funciona por ideología. No funciona en España, y en otros países, por una concepción totalitaria del Estado. Ideología totalitaria en cuanto totalizadora de la sociedad. El Estado ambiciona ser la sociedad, toda la sociedad. Todo es Estado, el Estado es origen de todo y tiene que intervenir en todo, y además tiene opinión, que no es opinión, es ley normativa y con intención de ser ley moral (Ley de Memoria Histórica, 2007). Y, quien representa en cada momento al Estado, se cree que todo eso es cierto y, en algunos casos, cree que encarna al Estado. El Estado soy yo.

La imparable pretensión de legislarlo todo, de crear normas para cualquier ámbito social, crea dos efectos perniciosos: primero, arrincona a la sociedad civil y al principio de subsidiariedad cuando se aplica a la misma; y segundo, produce una delegación apática por parte del ciudadano que deja de implicarse en su deber de ser parte activa del todo social: «ya lo harán ellos».

Ese Estado borra los límites de la separación de poderes y fagocita la seriedad, valía y prestigio institucional. Vean lo que pasa con el Poder Judicial. El Estado totalitario, o con pretensión de serlo, no tiene límites, él es el límite, el Estado se convierte en el bien común. No hay autocontrol.

La tercera causa que se cita es la malversación. Quiere decir, que la gestión del Estado actual es cara y no se utilizan bien los esfuerzos de los ciudadanos materializados en los impuestos. El Estado, y la imagen que, a veces, vemos de los que sienten que lo encarnan, es de desprecio a lo que cuesta al ciudadano pagar sus impuestos. Cada euro malversado, mal utilizado, es un insulto al ciudadano. No estamos hablando de utilización fraudulenta, que es delito, nos estamos refiriendo a la gestión del dinero: sin conocimientos suficientes; sin valorar las implicaciones futuras de las inversiones y gastos públicos; sin austeridad; pensando que «el dinero público no es de nadie»; a la ligera; sin respeto.

A eso se une que el elefante estatal come toneladas de recursos cada día para mantenerse en pie. Ministerios incontables, subvenciones ideológicas, organismos superfluos, duplicidades, oficinas cuyos responsables no saben a qué se dedican, gastos de presupuestos inflados; todo grasa de elefante. Necesitamos, no un torpe elefante, sino una mula ágil y fuerte.

Esta enorme estructura política, en la que se ha convertido el Estado, además es causa que puede favorecer la falta de honradez, la falta de sentido de responsabilidad y la falta de decoro personal de algunos servidores públicos en la sombra de tanto pasillo.

En conclusión, el Estado actual no se ajusta siempre al Bien Común. En ocasiones: falta proyecto y sobra interés particular; falta cumplir normas morales y sobran normas ideológicas y totalizadoras; falta responsabilidad económica y sobra gasto.

Se puede reconducir. Hay que quitar las piedras del camino, y el primer paso es querer ver las piedras.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe Instituto de Estudios de la Democracia CEU (Madrid)

Humanismo cristiano y futuro

El humanismo cristiano es un punto de apoyo sólido para estructurar un pensamiento sobre el que desarrollar una acción social en los próximos años. 

Existe una batalla cultural a nivel mundial y se expande sobre una población que, en muchos casos, carece de ideas fuertes y sugerentes con las que navegar en la incertidumbre.

La presión de las ideas difuminadoras de la verdad y de la dignidad humana van labrando su camino e instaurándose como el “pensamiento correcto” o ”pensamiento único”. Sin opinión crítica que las confronte. Una batalla cultural en la que desde varias corrientes se menoscaba la profunda dignidad de la persona humana.

Ante esta situación, muchas veces, no es solo la voluntad de no ceder la que falta, también la formación suficiente para analizar lo que ocurre y explicarlo. Y en segundo término, dar una alternativa desde una perspectiva que considere a la persona como núcleo fundamental de dignidad y de la vida social.

El humanismo cristiano es un instrumento fundamental en el análisis de lo que ocurre y en las propuestas de alternativas que se pueden dar. Está construido sobre aspectos inmutables de la antropología humana y de su dignidad, y por tanto susceptibles de aplicarse en todo tiempo y lugar. El humanismo cristiano es un excelente faro para guiarse en tiempos convulsos y discernir ante los problemas actuales.

Partiendo de la persona, su intrínseca dignidad es la que hace “cristiano” al humanismo. Es el Cristianismo quien primero en la Historia pone a la persona, como hija de Dios, en el núcleo de la vida y la confiere de una dignidad absoluta e inalienable. Es el aspecto clave. A partir de esa concepción cristiana de la dignidad humana se ha construido el edificio del pensamiento del humanismo cristiano.  

Ese edificio de pensamiento se ha realizado con aportes del personalismo, de la Doctrina Social de la Iglesia y de autores como Jaques Maritain y Emmanuel Mounier. Se levanta así una base sólida con la que afrontar los problemas del futuro y además lo suficientemente flexible como para aplicarse de forma sugerente y atractiva en las distintas sociedades y culturas del espectro mundial.

La dignidad humana como núcleo de vida desde la concepción hasta la muerte digna, respetada en su ser integral y en todos sus planos, se convierte en la piedra angular del humanismo cristiano. De ahí se desarrolla su concepción de la familia, la sociedad y de los principios rectores que deben guiarla.

La libertad íntimamente ligada a la dignidad humana, supone la existencia de un derecho a ejercerla y un deber de formar la conciencia para ejercerla responsablemente. Esa libertad confronta a sistemas totalitarios explícitos o encubiertos que menoscaban la libertad y restringen los planos espirituales, intelectuales, culturales, sociales, económicos y antropológicos de la persona. La lucha por una libertad plena es uno de los caminos de trabajo principales del humanismo cristiano tanto en el aspecto personal como en el social. 

Esa libertad no se puede encontrar si no está asentada sobre la verdad. La búsqueda de la verdad, una verdad que no depende de nosotros, que nos preexiste. El ejercicio de la libertad está sostenido sobre un juicio de nuestra conciencia de lo que es verdad, de lo que es bueno y lo que no. Que no lo determinamos nosotros. La verdad está íntimamente ligada a la existencia de una ley natural universal y de común aplicación a todos los hombres. Una ley natural y un Derecho Natural que guardan lo inalienable de la persona, de sus derechos fundamentales, y que debe inspirar los Derechos positivos de las sociedades. Derechos positivos que dejan de ser justos en cuanto menoscaban el Derecho Natural.

Ante un mundo dominado por la posverdad y la conformación de la realidad a la voluntad de las sociedades, el humanismo cristiano es la voz que se levanta con la bandera de la obligación de buscar la verdad independientemente del favor en las corrientes de opinión predominantes.

Sin el apoyo en la verdad y el ejercicio de la libertad no es posible la justicia. La justicia en el desarrollo de la vida humana, que la permite crecer en plenitud y con seguridad jurídica y que implica: la defensa de sus derechos a la vida, a formar una familia, a ejercer sus creencias religiosas, a opinar, a la educación, al trabajo, a participar en la vida social. 

El humanismo cristiano no solo surte de valores y pensamiento para tener una visión crítica propia, personal o social, ante situaciones o tendencias determinadas. Un modo de tener una postura firme en las aguas no siempre tranquilas que surcamos. También es una fuente de principios inspiradores para guiarnos en nuestro recorrido hacia el futuro. Por eso, el humanismo cristiano es un elemento de gran peso y difícil de sustituir para todos aquellos que creen en un mundo mejor donde la dignidad de la persona es inalienable y que desean trabajar en la realización práctica de ese mundo mejor en la vida social y política.

Principios que señalan el camino del Bien Común, en cuanto la persona como ser social, y en el que la persona y la sociedad han de buscar lo mejor para el conjunto de seres humanos que la conforman. Bien Común que permita una sociedad donde la persona se desarrolle integralmente. Una sociedad más justa, donde impere la seguridad jurídica y el cuidado del entorno limitado en el que desarrollamos nuestra vida, que debemos de mantener y mejorar para generaciones futuras. El Bien Común también supone una adecuada organización social y política en la que la persona puede participar, que permite a la sociedad llegar a las situaciones más críticas, así como proteger a aquellos que sufren y aupar a los menos favorecidos. Un Bien Común que se relaciona estrechamente con los principios de subsidiaridad y de solidaridad.

En conclusión se puede decir que el humanismo cristiano es tanto un armazón de pensamiento que permite el análisis y crítica de las situaciones e ideas presentes, cómo una guía de acción personal, social y política para los próximos años. Un armazón con la flexibilidad necesaria para aplicarse en cualquier lugar y tiempo, y con la solidez enorme de estar asentado sobre la dignidad humana inmutable e incuestionable.

El humanismo cristiano confronta con fuerza los totalitarismos tanto de estado como de la opinión definida como “correcta” por los poderes mediáticos, económicos e ideológicos. Una batalla cultural y política que puede y debe dar con una alternativa sugerente de futuro.

San Sebastián (España), 3 de enero de 2021

Carlos Barros de Lis