El Estado no da la libertad

Sin embargo, sentirse libre no necesariamente es ser libre. Precisamente los estados quieren ciudadanos contentos, que se sientan libres, amodorrados y acríticos, porque facilitan la gobernanza y también su manipulación

Artículo de Carlos Barros de Lis en el Debate

https://www.eldebate.com/opinion/20250811/estado-no-da-libertad_325046.html

Ciudadanos contentos y acríticos facilitan la gobernanza de los estados, también su manipulación.

Muchos niños y jóvenes están de campamento; oliendo pinares, sudando marchas, soñando las estrellas y cantando alegrías: libres.

Otros, adultos, estarán viendo la serie, el micro vídeo de las redes y escurriendo el tiempo con mensajes. Que nada nos ocupe que nos preocupe: soñolienta existencia.

Nos percibimos libres todos: voy, digo, hago y pienso lo que quiero; y voto. La palabra libertad aparece enaltecida en todas las ocasiones y los políticos no dejan de usarla.

Sin embargo, sentirse libre no necesariamente es ser libre. Precisamente los estados quieren ciudadanos contentos, que se sientan libres, amodorrados y acríticos, porque facilitan la gobernanza y también su manipulación. Pero, ni la Magnesia de Platón, ni el Leviatán de Hobbes, ni el contrato social de Rousseau contemplan ni quieren la libertad de la persona, es más, la aprisionan. Rousseau fue más allá, y nos igualó bajo las cadenas de la Voluntad General del Estado. Esos estados, cuyas derivadas históricas desgraciadamente vivimos, se han convertido en todopoderosos y asfixiantes.

Por eso el hincapié en la libertad. No en la libertad del que ve la vida pasar, ni en la del que se mueve entre cuatro paredes de un lado para otro, que grita y piensa lo que quiere. Antes bien en la libertad de aquél que pregunta dónde está la luz, y la enciende; ve la ventana, y la abre, y respira; va hacia la puerta, y decide salir; se informa de los caminos, y elige uno que recorrer; se esfuerza en subir la montaña; corre el riesgo de caer entre las rocas; en la cima, contempla el horizonte y divisa aquellas cuatro paredes donde estaba encerrado; abre los brazos y eleva su mirada, y su alma. Esa es la libertad.

Los chavales del campamento: miran sus brújulas, corren riesgos, se esfuerzan, deciden, y elevan sus espíritus. Experimentan la libertad. Por el contrario, la comodidad, que tanto nos gusta, nos lleva a huir del esfuerzo, nos atonta la voluntad, nos lleva a la pasividad acrítica y, en el mejor de los casos, nos lleva al «que lo hagan otros, mientras me quejo».

La vida actual nos tiene tranquilos y encerrados en nuestros gimnasios, películas en la cama, trabajo en casa, noticias en titulares y mensajitos cortos. Nos pone en bandeja nuestra comodidad y la del estado. En estas circunstancias la formación crítica y el trato humano se vuelven menos naturales y algo que requiere voluntad para realizarse.

El primer paso de la verdadera libertad supone hacerse responsable de la misma. Quiero ser libre. Libre de verdad, con sus exigencias. Formar mi conciencia, para saber qué pienso y qué criterio tengo, y confrontarme a mí mismo. El segundo paso es asumir que la libertad supone elegir, y elegir supone, en ocasiones, el sacrificio de renunciar a las alternativas. A partir de ahí seré responsable de lo que pienso, digo y hago, aún con el coste que supone. Seré libre, y lo seré, aunque estuviera cubierto de cadenas.

El que no se hace responsable de sí mismo actúa según su ambiente y circunstancias, manipulado. Copia opiniones, sin conformar la propia. No sigue criterios de lo bueno y lo justo, no porque no existan, sino porque no hace el esfuerzo de conocerlos. Delega los criterios en el estado. Es el ciudadano perfecto. Controlado, conducido.

Nuestra libertad no es solo empequeñecida por la comodidad de las circunstancias. También la enorme legislación nacional y autonómica, cara e ineficaz, nos rodea con la sensación real de que todo tiene un precepto, y otro autonómico que lo cambia. Ningún ámbito de la existencia se escapa a varias normas, muchas veces yuxtapuestas, contradictorias e ilógicas. Ante ellas el cumplimiento de la mayoría se vuelve casi imposible y nos sitúa bajo sospecha permanente de infracción. Que nos hayamos acostumbrado no quiere decir que no respiremos cada vez menos aire. Para muchos, el no vislumbrar un futuro menos opresivo, supone un motivo de desmoralización y amargura.

Sin embargo, que el Estado todo lo legisle, siendo pernicioso, no es lo peor. Cuando aceptamos que el Estado es fuente de lo que es bueno o malo, justo o injusto, caemos en traspasar al estado algo que nunca debe estar en sus manos: los criterios de moralidad y los de justicia. Estos siempre son previos y anteriores al mismo. El Estado es un gestor al que las personas transferimos de manera temporal, parcial y revisable, determinado poder para el buen funcionamiento de la comunidad. En este sentido, ya la fundamental Escuela de Salamanca fue pionera en la elaboración de una teoría política que limitase al Estado.

Ante esta situación que nos rodea, es crítico que todos demos un paso para ser personas libres de verdad y con criterio propio bien formado. Esto nos permitirá, con el esfuerzo que huye de la comodidad, frenar la deriva de un Estado totalizador y asfixiante, no delegar en él nuestra propia responsabilidad, ni aceptarlo como fuente de criterios morales ni de justicia. Además, recuperaremos algo crucial, como es la ilusión de poder formar una sociedad mejor.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe pertenece al Instituto de Estudios de la Democracia

¿Dónde están mis impuestos?

Cuando el Estado pone excesivo peso en ejercer el poder, y además la gestión es mejorable.

Artículo de Carlos Barros de Lis en el Debate

https://www.eldebate.com/opinion/tribuna/20250305/donde-estan-mis-impuestos_275740.html

Nadie. Bomberos, Guardia civil, Ejército; no había nadie. Al amanecer siguiente… nadie, no había nadie. Era la esperanza defraudada del escritor Posteguillo ante la inundada y devastada Paiporta. Otro pensaría: ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están mis impuestos?

El estratégico retorno a América, desde Filipinas, carecía inicialmente de ruta. El Virrey de Nueva España, Velasco, conocía al fraile cosmógrafo y navegante que podía dar con la clave. Felipe II le «sacó» del convento. Así, en 1565, el agustino Urdaneta llevó a cabo el Tornaviaje, abriendo la ruta que durante siglos marcaría el dominio español del Pacífico.

Son dos casos contrapuestos del funcionamiento del Estado. Es bueno recordar un ejemplo positivo propio; donde competencia, técnica, visión y voluntad se combinan. Nos ayuda a levantar la mirada.

El Estado tiene la delegación, por la sociedad, del poder y de la gestión política. Sin embargo, quizá ustedes sentirán que el Estado actual no lo está haciendo bien; piensen que pone excesivo peso en ejercer el poder, y que además la gestión es mejorable.

El ejercicio desmesurado del poder y la gestión deficiente tienen tres causas: interés particular, ideología y malversación.

Tomemos las autonomías como ejemplo de interés particular. Existen intereses divergentes, que las muevan a pelear entre ellas, como el reparto de inmigrantes. Suponen estos objetivos dispares un debilitamiento de la solidaridad necesaria para una sociedad más fuerte. El juego de ambiciones favorece resultados de suma cero, apartando la posibilidad de multiplicación del esfuerzo compartido.

Las autonomías mueven a los políticos a compararse y a justificarse, sean adversarios o no, entorpeciéndose entre ellos y perdiendo el foco. No solo entre políticos autonómicos, también con los del Gobierno nacional. Así, en Valencia, no parece que remasen juntos aquellos que representaban a las distintas administraciones.

La expansión de mi Autonomía, sin moderación o límite, llega a ser inagotable. Lo quiero gestionar todo, todas las competencias, todas las propiedades, mío, mío, mío. Sin agilidad y con una expansión normativa interminable. Según la CEOE, en 2022 se publicaron más de un millón de páginas en Boletines Oficiales (+22% respecto al año anterior); 80,8% autonómicas.

Esta ansia supone una subversión del principio de subsidiariedad. Aquel que nos dice que el organismo superior solo debe hacer aquello que el inferior no es capaz. Sin embargo, cuando el organismo inferior, en este caso la Autonomía, lo quiere hacer todo, y lleva el principio al extremo, sin asumir su incompetencia o ineficacia, estamos convirtiendo el principio en una justificación falsa.

Existe pues una preponderancia del interés particular hambriento de poder. También una ineficacia cara y lenta que ese egoísmo particular conlleva.

La segunda causa, del excesivo poder y la gestión deficiente, es que el Estado no funciona por ideología. No funciona en España, y en otros países, por una concepción totalitaria del Estado. Ideología totalitaria en cuanto totalizadora de la sociedad. El Estado ambiciona ser la sociedad, toda la sociedad. Todo es Estado, el Estado es origen de todo y tiene que intervenir en todo, y además tiene opinión, que no es opinión, es ley normativa y con intención de ser ley moral (Ley de Memoria Histórica, 2007). Y, quien representa en cada momento al Estado, se cree que todo eso es cierto y, en algunos casos, cree que encarna al Estado. El Estado soy yo.

La imparable pretensión de legislarlo todo, de crear normas para cualquier ámbito social, crea dos efectos perniciosos: primero, arrincona a la sociedad civil y al principio de subsidiariedad cuando se aplica a la misma; y segundo, produce una delegación apática por parte del ciudadano que deja de implicarse en su deber de ser parte activa del todo social: «ya lo harán ellos».

Ese Estado borra los límites de la separación de poderes y fagocita la seriedad, valía y prestigio institucional. Vean lo que pasa con el Poder Judicial. El Estado totalitario, o con pretensión de serlo, no tiene límites, él es el límite, el Estado se convierte en el bien común. No hay autocontrol.

La tercera causa que se cita es la malversación. Quiere decir, que la gestión del Estado actual es cara y no se utilizan bien los esfuerzos de los ciudadanos materializados en los impuestos. El Estado, y la imagen que, a veces, vemos de los que sienten que lo encarnan, es de desprecio a lo que cuesta al ciudadano pagar sus impuestos. Cada euro malversado, mal utilizado, es un insulto al ciudadano. No estamos hablando de utilización fraudulenta, que es delito, nos estamos refiriendo a la gestión del dinero: sin conocimientos suficientes; sin valorar las implicaciones futuras de las inversiones y gastos públicos; sin austeridad; pensando que «el dinero público no es de nadie»; a la ligera; sin respeto.

A eso se une que el elefante estatal come toneladas de recursos cada día para mantenerse en pie. Ministerios incontables, subvenciones ideológicas, organismos superfluos, duplicidades, oficinas cuyos responsables no saben a qué se dedican, gastos de presupuestos inflados; todo grasa de elefante. Necesitamos, no un torpe elefante, sino una mula ágil y fuerte.

Esta enorme estructura política, en la que se ha convertido el Estado, además es causa que puede favorecer la falta de honradez, la falta de sentido de responsabilidad y la falta de decoro personal de algunos servidores públicos en la sombra de tanto pasillo.

En conclusión, el Estado actual no se ajusta siempre al Bien Común. En ocasiones: falta proyecto y sobra interés particular; falta cumplir normas morales y sobran normas ideológicas y totalizadoras; falta responsabilidad económica y sobra gasto.

Se puede reconducir. Hay que quitar las piedras del camino, y el primer paso es querer ver las piedras.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe Instituto de Estudios de la Democracia CEU (Madrid)

Parar la espiral negativa

CEU Instituto de la Democracia

Los partidos, los candidatos; gestionan mal, cambian de opinión, gritan, son veletas, no saben lo que son. A veces las diferentes siglas esconden unas pocas ideas; las desavenencias son creadas y convenientes electoralmente; un proyecto de España no tiene significado, o si lo tiene, parece más un proyecto de anti España. Algunos políticos quieren medrar; otros solo mantenerse; unos son idealistas, pero no saben exactamente de qué; y, quizá lo más triste, algunos, incluso Presidentes de Gobierno, tienen un nivel cultural pobre, muy pobre, parecen conductores de coche al volante de camiones, no digamos cuando son marineros elevados a Almirantes.

Seguro que se les ocurren ejemplos; carecer de virtudes supone que una sociedad, en lugar de crecer y navegar por las turbulentas aguas del mundo con un destino más o menos claro, deriva sin rumbo a merced de los vientos que soplen. No, no piensen que, “bueno, pero aquí seguimos”, pues cada día, la barca es más débil y su tripulación también lo somos. Las demás barcas nos sobrepasan y cada vez podemos ser menos nosotros mismos. Poco podemos hacer por nosotros y para mejorar el mundo si somos cada vez más débiles, sin el fortalecimiento de la virtud.

Sin embargo, en el fondo de todos, late el deseo de superación. Detrás del pesimismo, la enorme mayoría, aquellos que creen en España, deseamos que todos vivamos mejor. Anhelamos una sociedad más robusta, de paso firme, que transmita paz social y seguridad, incluso orgullo. Una sociedad en la que la dignidad de la persona sea respetada y valorada.

La cuestión es que las manchas ya prácticamente impiden ver el cuadro. Necesitamos restauradores, no ya de la imagen del cuadro, si no de la tela del lienzo y del marco.

¿Y qué hace falta para lograr esa utopía imposible?

Primero negar que sea imposible, quien eso dice desanima el esfuerzo de mejora, de cualquier mejora, cuyo principio es dar el primer paso.

Difícil es jugar un partido de futbol con aquellos que lo que quieren es segar la hierba. Igualmente es imposible construir una sociedad sana si a aquellos que la quieren destruir se les da el papel de aparejador. No pueden ser fiel de la balanza ni usarse como apoyo político, a costa del bien común de España. El papel de partidos nacionalistas y antisistema no puede suponer un poder de chantaje que además rema en sentido contrario.

Se necesitan partidos políticos con sentido de Estado, capaces de ver a los demás partidos como aquellos con los que se puede dialogar. Se tiene que poder buscar soluciones comunes con un Podemos o con un Vox que cuentan o han contado con millones de votos. Tantos votantes no se pueden equivocar en absolutamente todo; entre ellos abundarán también las buenas voluntades, los inteligentes y las mentes sanas; con criterios distintos, pero es imposible que no existan puntos en común, para avanzar juntos aun siendo de partidos alejados. Los partidos se tienen que ver, todos, con lealtad a España, a sus Instituciones, a cada uno de los españoles, y leales entre ellos mismos; independientes de injerencias ajenas o foráneas no transparentes.

Esos partidos con una visión de la España del futuro, en muchos aspectos compartida, podrían llegar a acuerdos de largo plazo. El largo plazo que permite que el primer paso en una dirección pueda ser seguido por un segundo en la misma, por un tercero del siguiente partido gobernando y mantenerse incluso cuando vuelva el partido que dio el primer paso. Cada paso parte de un escalón más avanzado y lleva proporcionalmente más lejos, puro interés compuesto del largo plazo al servicio de los objetivos superiores de un país. Cuando hay grandes acuerdos entre los partidos, los ciudadanos al final no solo están agradecidos, también orgullosos, de aquellos que les hicieron avanzar como sociedad.

Unos acuerdos que suponen poner rumbo: a la Educación sin sectarismos; a la Justicia independiente y eficaz; a una Sanidad valorada; al trabajo sin paro; al fomento de la natalidad; a una Cultura de la Hispanidad compartida; a una Política Exterior iberoamericana y europea sólida; a un Plan Hidrológico Nacional sensato; rumbo para enderezar la estructura atrofiada del Estado actual desmesurado, caro e ineficaz…

¿Se imaginan caminar con rumbos comunes? ¡Ilusionante!

Hace falta desterrar la difamación, los tonos estridentes, bajar el diapasón del insulto, que se vea en el tono reflexivo y cabal quien de verdad nos convence. La discusión calmada puede tener tanta intensidad como cualquiera otra, pero deja que las ideas de todos se vayan puliendo y mejorando, sin heridas, presuponiendo que el otro, en algo, también tuvo razón. La verdadera corrección política no es la cultura de la cancelación, es la forma educada de expresarse en libertad.

Que aquellos que representan a los ciudadanos puedan hacer gala de honradez sin mancha, esfuerzo sin descanso, alto nivel de conocimiento y de inteligencia, y capacidad de cooperación. Si además son buenas personas y sabias, voltereta con tirabuzón. Pero para ello hay que atraer a los mejores, no descalificando al político, sino prestigiándole. El político se lo tiene que merecer y el ciudadano respetar el trabajo del servidor público.

Seguro que muchos leyendo lo anterior, mientras piensan el beneficio social y personal que a todos supondría, se les escapa aquello de “¡pero hay que poner los pies en la tierra!” Quizá, pero con los pies en la tierra el ser humano se habría quedado quieto, no se habrían hecho misiones imposibles: ni Balmis y Zendal hubiesen navegado salvando la vida de tantos, ni nos sobrecogeríamos al levantar la mirada en la Sagrada Familia de Gaudí.

https://institutodemocracia.ceu.es/noticias/para-la-espiral-negativa/

La radical apuesta por la democracia de Maritain: el pensamiento político que necesita el siglo XXI

La radical apuesta por la democracia de Maritain: el pensamiento político que necesita el siglo XXI https://www.eldebate.com/cultura/20230620/radical-apuesta-democracia-maritain-pensamiento-politico-necesita-siglo-xxi_122821.html#utm_source=rrss-comp&utm_medium=wh&utm_campaign=fixed-btn

Ediciones Encuentro reedita la obra fundamental de filosofía política del pensador francés, El hombre y el Estado, auspiciado por Eugenio Nasarre, miembro del Instituto Internacional Jacques Maritain

Video de la mesa redonda sobre la obra El hombre y el Estado con las intervenciones de Eugenio Nasarre, Isabel Benjumea, Agustín Domingo Moratalla e Ignacio Sánchez Cámara (las intervenciones empiezan en el minuto 10)

https://www.youtube.com/live/ITX3JdGRMX4?feature=share