I Congreso Internacional de Humanismo Cristiano

Del 10 al 12 de marzo de 2026, bajo el lema “Una brújula en un mundo en recomposición”

Se celebrará el I Congreso Internacional de Humanismo Cristiano, un evento académico online organizado por la Cátedra Instituto Hervás-UCAV de Humanismo Cristiano de la Universidad Católica de Ávila (España).

El I Congreso Internacional de Humanismo Cristiano se propone ofrecer criterios, análisis y perspectivas para afrontar los cambios acelerados que vive nuestro tiempo.

Este encuentro busca abrir un espacio de diálogo y reflexión interdisciplinar en torno a los desafíos actuales y el aporte del Humanismo Cristiano como horizonte orientador para la sociedad contemporánea.

La web del Congreso para inscribirse gratuitamente y para envío de comunicaciones: https://congresointernacionaldehumanismocristiano.es/

Presentación del libro ‘Recuperar la libertad. Por una España auténticamente democrática’

El Aula Política del Instituto de Estudios de la Democracia de la Universidad CEU San Pablo ha organizado la presentación del libro ‘Recuperar la libertad. Por una España auténticamente democrática’. Durante el evento se exploraron temas como la democracia, la libertad, la justicia y el Estado de Derecho.

Por el interés de varios de sus capítulos con una clara perspectiva desde el Humanismo Cristiano lo publicamos aquí.

El Estado no da la libertad

Sin embargo, sentirse libre no necesariamente es ser libre. Precisamente los estados quieren ciudadanos contentos, que se sientan libres, amodorrados y acríticos, porque facilitan la gobernanza y también su manipulación

Artículo de Carlos Barros de Lis en el Debate

https://www.eldebate.com/opinion/20250811/estado-no-da-libertad_325046.html

Ciudadanos contentos y acríticos facilitan la gobernanza de los estados, también su manipulación.

Muchos niños y jóvenes están de campamento; oliendo pinares, sudando marchas, soñando las estrellas y cantando alegrías: libres.

Otros, adultos, estarán viendo la serie, el micro vídeo de las redes y escurriendo el tiempo con mensajes. Que nada nos ocupe que nos preocupe: soñolienta existencia.

Nos percibimos libres todos: voy, digo, hago y pienso lo que quiero; y voto. La palabra libertad aparece enaltecida en todas las ocasiones y los políticos no dejan de usarla.

Sin embargo, sentirse libre no necesariamente es ser libre. Precisamente los estados quieren ciudadanos contentos, que se sientan libres, amodorrados y acríticos, porque facilitan la gobernanza y también su manipulación. Pero, ni la Magnesia de Platón, ni el Leviatán de Hobbes, ni el contrato social de Rousseau contemplan ni quieren la libertad de la persona, es más, la aprisionan. Rousseau fue más allá, y nos igualó bajo las cadenas de la Voluntad General del Estado. Esos estados, cuyas derivadas históricas desgraciadamente vivimos, se han convertido en todopoderosos y asfixiantes.

Por eso el hincapié en la libertad. No en la libertad del que ve la vida pasar, ni en la del que se mueve entre cuatro paredes de un lado para otro, que grita y piensa lo que quiere. Antes bien en la libertad de aquél que pregunta dónde está la luz, y la enciende; ve la ventana, y la abre, y respira; va hacia la puerta, y decide salir; se informa de los caminos, y elige uno que recorrer; se esfuerza en subir la montaña; corre el riesgo de caer entre las rocas; en la cima, contempla el horizonte y divisa aquellas cuatro paredes donde estaba encerrado; abre los brazos y eleva su mirada, y su alma. Esa es la libertad.

Los chavales del campamento: miran sus brújulas, corren riesgos, se esfuerzan, deciden, y elevan sus espíritus. Experimentan la libertad. Por el contrario, la comodidad, que tanto nos gusta, nos lleva a huir del esfuerzo, nos atonta la voluntad, nos lleva a la pasividad acrítica y, en el mejor de los casos, nos lleva al «que lo hagan otros, mientras me quejo».

La vida actual nos tiene tranquilos y encerrados en nuestros gimnasios, películas en la cama, trabajo en casa, noticias en titulares y mensajitos cortos. Nos pone en bandeja nuestra comodidad y la del estado. En estas circunstancias la formación crítica y el trato humano se vuelven menos naturales y algo que requiere voluntad para realizarse.

El primer paso de la verdadera libertad supone hacerse responsable de la misma. Quiero ser libre. Libre de verdad, con sus exigencias. Formar mi conciencia, para saber qué pienso y qué criterio tengo, y confrontarme a mí mismo. El segundo paso es asumir que la libertad supone elegir, y elegir supone, en ocasiones, el sacrificio de renunciar a las alternativas. A partir de ahí seré responsable de lo que pienso, digo y hago, aún con el coste que supone. Seré libre, y lo seré, aunque estuviera cubierto de cadenas.

El que no se hace responsable de sí mismo actúa según su ambiente y circunstancias, manipulado. Copia opiniones, sin conformar la propia. No sigue criterios de lo bueno y lo justo, no porque no existan, sino porque no hace el esfuerzo de conocerlos. Delega los criterios en el estado. Es el ciudadano perfecto. Controlado, conducido.

Nuestra libertad no es solo empequeñecida por la comodidad de las circunstancias. También la enorme legislación nacional y autonómica, cara e ineficaz, nos rodea con la sensación real de que todo tiene un precepto, y otro autonómico que lo cambia. Ningún ámbito de la existencia se escapa a varias normas, muchas veces yuxtapuestas, contradictorias e ilógicas. Ante ellas el cumplimiento de la mayoría se vuelve casi imposible y nos sitúa bajo sospecha permanente de infracción. Que nos hayamos acostumbrado no quiere decir que no respiremos cada vez menos aire. Para muchos, el no vislumbrar un futuro menos opresivo, supone un motivo de desmoralización y amargura.

Sin embargo, que el Estado todo lo legisle, siendo pernicioso, no es lo peor. Cuando aceptamos que el Estado es fuente de lo que es bueno o malo, justo o injusto, caemos en traspasar al estado algo que nunca debe estar en sus manos: los criterios de moralidad y los de justicia. Estos siempre son previos y anteriores al mismo. El Estado es un gestor al que las personas transferimos de manera temporal, parcial y revisable, determinado poder para el buen funcionamiento de la comunidad. En este sentido, ya la fundamental Escuela de Salamanca fue pionera en la elaboración de una teoría política que limitase al Estado.

Ante esta situación que nos rodea, es crítico que todos demos un paso para ser personas libres de verdad y con criterio propio bien formado. Esto nos permitirá, con el esfuerzo que huye de la comodidad, frenar la deriva de un Estado totalizador y asfixiante, no delegar en él nuestra propia responsabilidad, ni aceptarlo como fuente de criterios morales ni de justicia. Además, recuperaremos algo crucial, como es la ilusión de poder formar una sociedad mejor.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe pertenece al Instituto de Estudios de la Democracia

Recuperar la libertad

Por una España auténticamente democrática

El Aula Política del Instituto de Estudios de la Democracia, adscrito a la Universidad CEU San Pablo, es una plataforma de pensamiento compuesta por personas con preocupación por la vida pública, el hombre y la sociedad, con espíritu universitario basado en la libertad y el respeto a los principios básicos del humanismo cristiano.

Uno de sus fines es realizar y divulgar estudios que aborden los fundamentos morales, filosóficos y científicos de la democracia en España, unos fundamentos que, por entroncar con los inalienables derechos humanos, eviten que las mayorías democráticas invadan esferas de la vida social y personal que deben ser ajenas a la acción política del Poder.

En esa línea, ha promovido este libro coordinado por José Ramón Recuero Astray, filósofo, escritor y miembro de dicho Instituto, que ha ejercido como abogado del Estado en el Tribunal Supremo de España unos 30 años. Su finalidad es afianzar la democracia existente en España y contribuir a instaurar una democracia plural y efectiva, en la que la soberanía sea realmente del pueblo español, los poderes públicos estén limitados y sirvan al bien común y, en definitiva, los derechos y libertades de todos los españoles (de todos) queden preservados y garantizados. Ofrece para ello propuestas prácticas, realistas y positivas que permitan recuperar la auténtica democracia representativa y preservar las libertades fundamentales, para superar así la degradación de la democracia que se está produciendo en España y el ataque a las libertades que ello está causando en gran parte de los españoles.

https://www.dykinson.com/libros/recuperar-la-libertad-por-una-espana-autenticamente-democratica/9788419976925

¿Dónde están mis impuestos?

Cuando el Estado pone excesivo peso en ejercer el poder, y además la gestión es mejorable.

Artículo de Carlos Barros de Lis en el Debate

https://www.eldebate.com/opinion/tribuna/20250305/donde-estan-mis-impuestos_275740.html

Nadie. Bomberos, Guardia civil, Ejército; no había nadie. Al amanecer siguiente… nadie, no había nadie. Era la esperanza defraudada del escritor Posteguillo ante la inundada y devastada Paiporta. Otro pensaría: ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están mis impuestos?

El estratégico retorno a América, desde Filipinas, carecía inicialmente de ruta. El Virrey de Nueva España, Velasco, conocía al fraile cosmógrafo y navegante que podía dar con la clave. Felipe II le «sacó» del convento. Así, en 1565, el agustino Urdaneta llevó a cabo el Tornaviaje, abriendo la ruta que durante siglos marcaría el dominio español del Pacífico.

Son dos casos contrapuestos del funcionamiento del Estado. Es bueno recordar un ejemplo positivo propio; donde competencia, técnica, visión y voluntad se combinan. Nos ayuda a levantar la mirada.

El Estado tiene la delegación, por la sociedad, del poder y de la gestión política. Sin embargo, quizá ustedes sentirán que el Estado actual no lo está haciendo bien; piensen que pone excesivo peso en ejercer el poder, y que además la gestión es mejorable.

El ejercicio desmesurado del poder y la gestión deficiente tienen tres causas: interés particular, ideología y malversación.

Tomemos las autonomías como ejemplo de interés particular. Existen intereses divergentes, que las muevan a pelear entre ellas, como el reparto de inmigrantes. Suponen estos objetivos dispares un debilitamiento de la solidaridad necesaria para una sociedad más fuerte. El juego de ambiciones favorece resultados de suma cero, apartando la posibilidad de multiplicación del esfuerzo compartido.

Las autonomías mueven a los políticos a compararse y a justificarse, sean adversarios o no, entorpeciéndose entre ellos y perdiendo el foco. No solo entre políticos autonómicos, también con los del Gobierno nacional. Así, en Valencia, no parece que remasen juntos aquellos que representaban a las distintas administraciones.

La expansión de mi Autonomía, sin moderación o límite, llega a ser inagotable. Lo quiero gestionar todo, todas las competencias, todas las propiedades, mío, mío, mío. Sin agilidad y con una expansión normativa interminable. Según la CEOE, en 2022 se publicaron más de un millón de páginas en Boletines Oficiales (+22% respecto al año anterior); 80,8% autonómicas.

Esta ansia supone una subversión del principio de subsidiariedad. Aquel que nos dice que el organismo superior solo debe hacer aquello que el inferior no es capaz. Sin embargo, cuando el organismo inferior, en este caso la Autonomía, lo quiere hacer todo, y lleva el principio al extremo, sin asumir su incompetencia o ineficacia, estamos convirtiendo el principio en una justificación falsa.

Existe pues una preponderancia del interés particular hambriento de poder. También una ineficacia cara y lenta que ese egoísmo particular conlleva.

La segunda causa, del excesivo poder y la gestión deficiente, es que el Estado no funciona por ideología. No funciona en España, y en otros países, por una concepción totalitaria del Estado. Ideología totalitaria en cuanto totalizadora de la sociedad. El Estado ambiciona ser la sociedad, toda la sociedad. Todo es Estado, el Estado es origen de todo y tiene que intervenir en todo, y además tiene opinión, que no es opinión, es ley normativa y con intención de ser ley moral (Ley de Memoria Histórica, 2007). Y, quien representa en cada momento al Estado, se cree que todo eso es cierto y, en algunos casos, cree que encarna al Estado. El Estado soy yo.

La imparable pretensión de legislarlo todo, de crear normas para cualquier ámbito social, crea dos efectos perniciosos: primero, arrincona a la sociedad civil y al principio de subsidiariedad cuando se aplica a la misma; y segundo, produce una delegación apática por parte del ciudadano que deja de implicarse en su deber de ser parte activa del todo social: «ya lo harán ellos».

Ese Estado borra los límites de la separación de poderes y fagocita la seriedad, valía y prestigio institucional. Vean lo que pasa con el Poder Judicial. El Estado totalitario, o con pretensión de serlo, no tiene límites, él es el límite, el Estado se convierte en el bien común. No hay autocontrol.

La tercera causa que se cita es la malversación. Quiere decir, que la gestión del Estado actual es cara y no se utilizan bien los esfuerzos de los ciudadanos materializados en los impuestos. El Estado, y la imagen que, a veces, vemos de los que sienten que lo encarnan, es de desprecio a lo que cuesta al ciudadano pagar sus impuestos. Cada euro malversado, mal utilizado, es un insulto al ciudadano. No estamos hablando de utilización fraudulenta, que es delito, nos estamos refiriendo a la gestión del dinero: sin conocimientos suficientes; sin valorar las implicaciones futuras de las inversiones y gastos públicos; sin austeridad; pensando que «el dinero público no es de nadie»; a la ligera; sin respeto.

A eso se une que el elefante estatal come toneladas de recursos cada día para mantenerse en pie. Ministerios incontables, subvenciones ideológicas, organismos superfluos, duplicidades, oficinas cuyos responsables no saben a qué se dedican, gastos de presupuestos inflados; todo grasa de elefante. Necesitamos, no un torpe elefante, sino una mula ágil y fuerte.

Esta enorme estructura política, en la que se ha convertido el Estado, además es causa que puede favorecer la falta de honradez, la falta de sentido de responsabilidad y la falta de decoro personal de algunos servidores públicos en la sombra de tanto pasillo.

En conclusión, el Estado actual no se ajusta siempre al Bien Común. En ocasiones: falta proyecto y sobra interés particular; falta cumplir normas morales y sobran normas ideológicas y totalizadoras; falta responsabilidad económica y sobra gasto.

Se puede reconducir. Hay que quitar las piedras del camino, y el primer paso es querer ver las piedras.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe Instituto de Estudios de la Democracia CEU (Madrid)

Luchar por el Derecho según lo concibe la tradición cristiana

La situación que vivimos nos incita a luchar por el Derecho según lo concibe la tradición cristiana, al menos a mi me anima a ello, lo cual supone luchar por la libertad y dignidad de todo ser humano. Creo que el rico legado que debemos transmitir a los que nos siguen es este: mostrar que sobre la tiranía está la Justicia Natural, lo razonable, lo bueno en sí. Tal es la razón de ser del poder, que debe respetar siempre el orden moral que hay en la naturaleza.

Aunque en realidad proponer esto no es nada nuevo. Ya en el siglo primero el buen Plutarco escribió un ensayo al que dio un título muy significativo y, por cierto, muy actual, pues era este: A un gobernante falto de instrucción. En él se preguntaba: «¿Quién gobernará al que gobierna?». Y el propio Plutarco contestaba lo siguiente: «La ley que reina sobre todos, mortales e inmortales, como dijo Píndaro, que no está escrita exteriormente en libros ni en tablas, sino que es una palabra con vida propia en su interior, que siempre vive con él, lo vigila y jamás deja su alma desprovista de gobierno».

«La ley que reina sobre todos, mortales e inmortales, como dijo Píndaro, que no está escrita exteriormente en libros ni en tablas, sino que es una palabra con vida propia en su interior, que siempre vive con él, lo vigila y jamás deja su alma desprovista de gobierno»

Plutarco

Es decir: lo que debe gobernar al indocto gobernante es la Ley Natural que está en nuestro interior y procede de Dios. A esto se reduce todo: a volver a Dios, y con Él al Derecho tal como lo ha entendido el Cristianismo. Sólo con ellos se puede volver a humanizar el hombre, sólo con ellos puede encontrar nuestra sociedad cimientos sólidos y duraderos.

José Ramón Recuero

La democracia es la forma de gobierno más conforme con el Derecho Natural

La democracia es la forma de gobierno más conforme con el Derecho Natural. Pero la democracia auténtica. Aristóteles diferenció entre una democracia buena y real, que es aquella que tiene como fin la justicia natural y el bien común, y otra democracia tiránica mala, en la que el poder busca su propio interés y actúa como un tirano.

La Cristiandad proclamó la libertad e igualdad de todos los hombres, y así promovió la auténtica democracia. En nuestra tradición la idea central era esta: omnis potestas est a Deo per Populum, toda potestad procede de Dios a través del Pueblo. Lo que significa que el fundamento último del poder es Dios, no un hombre o varios, aunque sean mayoría, pues en este caso estos serían superiores a los demás y la libertad e igualdad naturales de todos desaparecerían. Dios ha depositado el poder, dice Francisco de Vitoria, en todos y cada uno de los hombres de la Comunidad, por eso para los sabios de Salamanca la soberanía reside realmente en el pueblo. El cual puede administrarse a sí mismo, y esta es la forma más natural de gobierno: la democracia, Francisco Suárez lo explicó en extenso cuando se opuso a las pretensiones absolutistas del rey inglés. En esta concepción democrática del poder los gobernantes son hechos por el pueblo, como servidores suyos que deben desempeñar su cargo sometidos al Derecho Natural y al bien común.

«…los gobernantes son hechos por el pueblo, como servidores suyos que deben desempeñar su cargo sometidos al Derecho Natural y al bien común»

De manera que su poder siempre es limitado y quien abusa de él se convierte en un tirano contra el que cabe oponerse, en esto Mariana es un maestro. Sobre estas bases Tocqueville afirmó que la religión cristiana promueve la democracia; Bergson dijo que esta es de esencia evangélica; Maritain recogió en su libro Cristianismo y democracia las siguientes palabras, que el Vicepresidente de los Estados Unidos Wallace pronunció en 1942: «la idea de la libertad deriva de la Biblia y de su insistencia en afirmar la dignidad de la persona, la democracia es la única expresión política verdadera del cristianismo»; y, en fin, Chesterton afirmó que la maquinaria del voto es profundamente cristiana, pues es un intento de averiguar la opinión de aquellos que están marginados o son demasiado modestos para darla.

Lamentablemente hoy las cosas no son así. La democracia se ha hecho tiránica, oligárquica. El fundamento del poder es el propio hombre y los que mandan carecen de límites transcendentes, por eso el Derecho ha dejado de ser arte de lo bueno y de lo justo y se ha convertido en arte de coaccionar, Kelsen es un maestro en este arte. El Estado Democrático se ha erigido en un Estado-dios como lo concibieron Hobbes y Rousseau, a él hemos entregado todo y él es el que crea, limita o suprime nuestros derechos. Si bien de hecho esto lo hacen quienes lo manejan: los partidos políticos y sus dirigentes. Los partidos se han convertido en facciones que, tras unas elecciones que son como las saturnales romanas (en las que los señores jugaban a servir a sus siervos), utilizan los votos como si fuesen de su propiedad. Y así el partido o la coalición de partidos que resulta dominante tras las intrigas, cesiones y trapicheos post-electorales ocupa todos los centros de poder, todos. Se convierte en el soberano absoluto en cuyos despachos, y no en el Parlamento, se toman las decisiones, en el amo que utiliza a discreción una voluntad popular que en realidad se identifica con la voluntad de sus dirigentes, para imponernos a todos su visión parcial de la vida. Franklin dijo que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos. Yo creo que hay una tercera: la tiranía cuando se idolatra al poder.

¿Cuál es la visión de la vida que nos quieren imponer ahora? Es simple: antropocentrismo, un mundo sin Dios ni Derecho Natural en el que el hombre de carne y hueso es el ombligo del mundo, el nuevo dios. En realidad es una bestia que se cree dios, pues no tiene alma, ni perspectiva de más allá, no hay un salto cualitativo respecto a los demás animales. Eso explica que ahora la vida humana no tenga más valor que la de una ostra, como dijo Hume, y que haya una conjuración contra ella que está lacerando el mundo. La madre puede matar a su hijo mientras se desarrolla en su seno mediante el aborto, y si no es posible hacerlo en clínicas que se dedican a este negocio el Estado se encarga de eliminar al pobre inocente, como si fuera una prestación sanitaria más. Y a pesar de que las leyes garantizan el derecho a la vida, no a al muerte, a pesar de que el fin de la medicina es curar, no matar, enfermos, débiles y ancianos pueden ser eliminados con la mal llamada eutanasia, también usando el sistema sanitario, así el Estado consigue aquello que Petronio puso en su epitafio: valete curae, que quiere decir «se acabaron los cuidados». Nuestra libertad natural también sufre los estragos. Es lo más preciado que tenemos después de la vida, pero el Estado Paternalista ha propagado la idea de que la libertad civil es la obediencia a la ley positiva. Rousseau dijo que quien se niegue obedecer al Estado será obligado a ello, y eso no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre. Se comprende que esta idea de la libertad no nos permite pensar y opinar por nosotros mismos, hemos nacido libres pero por todas partes estamos encadenados. En fin, las leyes que el Estado dispara sin cesar limitan también, cada vez más, nuestro espacio vital dominado y nuestros bienes. Siempre tenemos que pagarle un alto porcentaje, como en la Cofradía de Monipodio, es como aquel general ateniense que se llamaba Timoteo, del cual se decía: «incluso durmiendo su red recoge para él».

José Ramón Recuero

La tiranía del laicismo

El dios actual (arjé) es el hombre de carne y hueso.

La primera forma que tiene el Estado de controlarnos hace referencia a las creencias que predominan en la Comunidad Política. Hemos convenido que en cada Comunidad su Derecho Positivo se fundamenta en las creencias básicas generalmente aceptadas, creencias básicas radicales cuya piedra angular es la creencia primordial, lo que llamo el arjé generalmente aceptado, el dios, escrito con minúscula, en que la mayoría de los miembros de una Comunidad cree. La actual fe se basa en el antropoteismo, es la religión materialista de que traté en la Ética, la ola laicista que nos invade. Para ella la fuente de todo, dios, el arjé, es la Madre Naturaleza, el Mundo Material, y el Cuerpo Humano como parte de él. Ahora el hombre es una bestia que se cree dios, el ombligo del mundo, el hombre es dios para el hombre. Esta es la actual religión civil o laica basada en mera teología física, materialismo puro y duro, laicismo.

El antropoteismo convierte a Leviatán en un dios social.

Una política con el hombre como dios endiosa al Poder

Una política con el hombre como dios endiosa al Poder (recordemos el animismo político). Leviatán se cree dios, el dios social, esa es su alma. Ya nos aseguró Hegel que el Estado es «dios real» en la tierra.

Y excluye a Dios de la vida social, hay política sin Dios.

Hablo ahora de Dios con mayúscula, como Espíritu que es arjé. Dios sale de la vida social y se recluye en las conciencias, vivimos como si Dios no existiera.

Con lo que el actual es un Estado Laico Confesional, confesionalmente laico, laicista.

No hay aconfesionalidad del Estado, lo que hay es un Estado confesionalmente laico.

Intolerante con las otras religiones.

Es un Estado intolerante además con las demás religiones, como la cristiana, que pretende vuelva a las catacumbas. La supuesta «tolerancia escéptica y relativista» de que se nos habla supone obligarnos a todos a admitir que todas las opiniones valen lo mismo, es decir, nada, porque no hay verdad ni falsedad, no hay bien ni mal. Con esa idea de que toda opinión vale lo mismo (menos esta: la de que todas valen lo mismo, esta sí es verdad) se nos está imponiendo dogmáticamente el relativismo y el nihilismo, es decir, el laicismo. Eso es una trampa, la trampa saducea del laicismo.

La supuesta «tolerancia escéptica y relativista» de que se nos habla supone obligarnos a todos a admitir que todas las opiniones valen lo mismo, es decir, nada, porque no hay verdad ni falsedad, no hay bien ni mal.

Con su fundamentalismo y dogmatismo Leviatán Laico quiere imponer su doctrina y su credo.

Como señalé, los que mandan persiguen únicamente su propio interés, que es imponernos a todos por la fuerza el laicismo antropoteista y materialista. 

La hoja de ruta del laicismo.

Para llevarlo a cabo existe una hoja de ruta del laicismo que define cómo hacer una ingeniería social con todos nosotros, con nuestros cuerpos y con nuestras almas, una ingeniería que implante el laicismo en nuestras vidas, en nuestras libertades y en todos nuestros bienes, en todo nuestro suum. Tal hoja de ruta está bien definida. El año 2007 se ha publicado un Libro Blanco de la Laicidad que da las pautas para implantarla, siguiendo la estela de lo ocurrido en Francia durante la revolución en la que Leviatán se hizo democrático. La «Asociación Europa Laica», muy activa, ha redactado, presentado y explicado recientemente en el Parlamento Europeo una llamada Carta Europea por la Laicidad y la Libertad de Conciencia que indica los criterios para implantarla en todo el continente, y con este mismo fin, difundirla, ha establecido todos los años un día internacional del laicismo y de la libertad de conciencia (9 de diciembre). La «Fundación Ferrer i Guardia» ha desarrollado una hoja de ruta del laicismo para su implantación en España en el llamado Manifiesto de Barcelona, del año 2002. En Universidades se crean foros de laicidad, como la Cátedra de Laicidad y Libertades Públicas Fernando de los Ríos establecida en una Universidad española con la colaboración de organizaciones laicistas, la cual incluso ha promovido un «código del laicismo». Asociaciones, movimientos, observatorios, publicaciones… de todo hay.

La hoja de ruta laicista se centra en la implantación de una política sin Dios y sin Ley Moral.

Se centra en una política en la que el hombre de carne y hueso es el nuevo dios que, inmerso en el relativismo, crea a su antojo su propio bien y su propio mal. Para conseguir lo cual Leviatán debe llevar a cabo una ingeniería social antinatural, antihumana, bestial, que nos obligue a todos a comulgar con ese gran naufragio de la vida racional, opuesto a la naturaleza de las cosas y a la auténtica moral.

Los valores laicos.

«La laicidad es la regla de vida en la sociedad democrática», comienza diciendo el Libro Blanco de la Laicidad, un principio que debe aplicarse en todo proyecto político de cualquier Estado, de la Unión Europea o Mundial. Los «valores laicos», así se les llama, ¿en qué consisten?, ¿cuáles son? Se centran en la liberación de sobrestructuras y alienaciones y en la idea de una libertad carente de toda regla moral (lo cual es un gran engaño, lo sabemos por la Ética), haciendo que el hombre, inmerso en un total y absoluto relativismo, sea dueño de su destino y haga lo que le de la gana y le apetezca, sin normas, sin contar con los demás ni con lo que está o no está en la naturaleza de las cosas. En ese «valor» y en esa religión antropoteista tiene Leviatán que educar al niño desde su más tierna infancia.

Leviatán dispone de vidas, libertades y demás bienes.

Este penoso naufragio de la moral se consagra de hecho mediante una ingeniería social con la que Leviatán dispone a su capricho de todo lo nuestro, de nuestro suum, de nuestras vidas, nuestras libertades y nuestros bienes. Nacimiento, vida y muerte son considerados desde la libertad individual carente de normas, de manera que el derecho a matar a otro está garantizado, incluso en ocasiones es el Estado quien mata a sus ciudadanos como una prestación pública gratuita que todos pagamos con los impuestos.

El Estado Laico dispone del derecho a la vida de sus miembros.

La historia está plagada de homicidios, desde Caín y Abel, lo peculiar de nuestra época es que matar a un hombre se considera bueno y se hace legal, incluso se convierte en un derecho que el Estado ampara, sufraga y hace efectivo. El Estado no protege al que va a morir sino a aquel que quiere matarlo. Leviatán tiene el ius vitae de sus miembros, dispone de sus vidas, lo más preciado que poseen.

Lo hace cuando el derecho a la vida del pobre ser humano embrionario se transforma en un derecho a congelarlo, manipularlo y después tirarlo, lo que de hecho da lugar a la eliminación de miles de niños-probeta por el Estado. Se fabrican hombres en probetas y se conservan en nitrógeno líquido, pequeños seres humanos formados a partir de un cigoto y con su personal ADN son utilizados por el Estado como cosas que se pueden donar, congelar, seleccionar para eliminar los tarados, usar para investigar y, en fin, destruir cuando ya no son útiles.

También lo hace cuando el derecho a vivir que tiene todo ser humano mientras se desarrolla y crece en su seno materno se sustituye en un derecho a matarlo libremente mediante su aborto, y además es el Estado quien se encarga de eliminarlo dándole el carácter de una prestación pública sanitaria. Mientras vive y se desarrolla dentro de su madre la vida del niño está amenazada de una muerte amparada por el Estado, incluso pagada y practicada por él, millones de inocentes seres humanos son eliminados alevosamente mediante ese homicidio llamado aborto libre y sin causa.

También cuando el derecho a continuar viviendo del recién nacido que está enfermo se convierte en un derecho a matar al niño mediante la eutanasia neonatal, regulada, garantizada y practicada por el Estado. Hay países como Holanda en los que incluso se ha establecido, pagada con dinero público, una Comisión especial  del Estado llamada «Comisión Central de Expertos sobre interrupción tardía del embarazo y terminación de la vida de recién nacidos».

Y, en fin, el Estado Laico tiene también en sus manos el ius vitae de todos cuando el derecho natural a vivir de enfermos, débiles, ancianos y cualquier otra persona, se transmuta en un derecho del Estado a ejecutarlos mediante la mal llamada eutanasia usando para ello su sistema sanitario, estableciendo incluso clínicas especializadas en «matar bien» a los pacientes y en llevar a cabo tales ejecuciones «con esmero». En estos casos el «médico» puede matar impunemente a su paciente, y tales homicidios son supervisados y aprobados por el Estado, que los considera una prestación sanitaria y crea unas Comisiones específicas para controlar cada una de las ejecuciones una vez notificadas reglamentariamente.

En todos estos casos, los sanos y fuertes acaban con las vidas de los débiles y e inocentes usando para ello el aparato del Estado, Leviatán tiene en sus manos el ius vitae de sus súbditos, su derecho a la vida, lo más preciado de su suum. La vida humana es atacada por Leviatán Laico precisamente en sus fases más delicadas e inocentes, y eso se considera bueno y encomiable. El mal se disfraza de bien, y la Justicia y el Derecho entran en bancarrota.

El Estado Laico dispone de la libertad de sus miembros.

Leviatán dispone también de la libertad de sus miembros, a pesar de que es un derecho natural. Todo a causa del gran engaño que ha provocado esa imagen de la Voluntad General. Cada uno renuncia a su libertad más íntima, que es la del arbitrio libre de su propia voluntad, y la deposita en esa mística Voluntad de lo Común, creyendo así que preserva su libertad, que se obedece a sí mismo cuando cumple cualquier ley ¡Qué ingenuidad, qué inocencia!, en realidad han corrido detrás de sus cadenas y la han perdido para siempre. Ya dijo el Eclesiástico que es infinito el número de los necios, y Salomón que la estupidez es fuente de gozo para el estúpido. ¡Libre atado a la voluntad de todos los demás! En realidad Leviatán Laico Confesional es el único que de hecho es libre, y así puede imponer a todos su nihilismo relativista.

Leviatán dispone también de la libertad de sus miembros, a pesar de que es un derecho natural. Todo a causa del gran engaño que ha provocado esa imagen de la Voluntad General. Cada uno renuncia a su libertad más íntima, que es la del arbitrio libre de su propia voluntad, y la deposita en esa mística Voluntad de lo Común, creyendo así que preserva su libertad, que se obedece a sí mismo cuando cumple cualquier ley

El Estado Laico dispone de los demás bienes de sus miembros.

No sólo vidas y libertades están en sus manos, también los restantes bienes, Leviatán dispone también de los bienes de sus miembros. Lo quiere todo, todo suum, como aquel Timoteo, general ateniense, que recibió el nombre de Dichoso y al que se aplicó el proverbio: «incluso durmiendo su red recoge para él». El Estado, incluso durmiendo, recauda y confisca a diario ingentes sumas que están gastadas antes de entrar en sus arcas. Todos debemos ingresar continuamente dinero en su cuenta bancaria sin que se moleste siquiera en venir a recogerlo, somos sujetos pasivos, retenedores, repercutidos y otras especies tributarias, hay impuestos para todo.

En resumen, Leviatán Laico juega a ser dios, intolerante además.

Como vemos Leviatán Laicista juega a ser dios y hace lo que quiere con nuestras vidas, con nuestras libertades y con nuestros más preciados bienes. Y lo que desea es conformarnos a su imagen y semejanza.

José Ramón Recuero. Respuestas breves a inmensas cuestiones. (Cuestiones 592-605)