La Libertad necesita Ley Moral y la Ley Moral es condición de la Libertad.

La Libertad necesita Ley Moral y la Ley Moral es condición de la Libertad.

Yo tengo al mismo tiempo un querer libre y un deber que cumplir, tenemos reglas morales precisamente para poder ser libres. Libertad y regla moral se necesitan mutuamente, son como dos caras de una misma moneda, una no puede existir sin la otra. Kant lo ha demostrado muy bien: el hombre tiene Libertad, querer, que es la piedra angular de la moral; y tiene también Ley Moral, deber, que sabemos que existe. Y ello no es una inconsecuencia, ni mucho menos, al contrario, ya que la Ley Moral es la condición bajo la cual nosotros podemos adquirir conciencia de la Libertad, saber que existe, eso dice Kant en el prólogo de su Crítica de la razón práctica, y yo estoy de acuerdo. La Libertad, añade, es sin duda la ratio essendi de la Ley Moral, es su condición, pues sin Libertad no podría haber tal Ley Moral; pero la Ley Moral, dice también, es la ratio cognoscendi de la Libertad, aquello que nos permite saber y ser conscientes de que somos libres. Sin Ley Moral no nos sentiríamos libres. También el juicioso Locke lo explica muy bien cuando dice que la Ley no es una limitación sino algo que preserva y aumenta nuestra libertad, y la define como «aquello que señala la dirección de las acciones de un ser libre e inteligente, hacia lo que es de su interés» (Segundo Tratado, 6, 57).

José Ramón Recuero. Cuestión 341

Una ventana a la Libertad

La Libertad como principio del humanismo cristiano parte de la intrínseca libertad de cada ser humano. Cada persona es libre y por tanto es responsable de sus actos. Para ser completamente libre debemos de obrar en conciencia y para ello es imprescindible el haber formado esa conciencia de forma recta. Solo así se puede obrar en consecuencia y ser completamente libre.

La Libertad supone que esté apoyada en la Verdad, y eso supone un conocimiento de los aspectos sobre los que se deben tomar las decisiones. La posibilidad de acceder a información y conocimiento veraz. Esa Verdad determina la Justicia, que busca la equidad partiendo de la Verdad. Sobre ese elemento de Justicia podemos obrar con Libertad.

La Libertad en la vida social se manifiesta en que el ser humano pueda ejercer los diferentes aspectos de su vida: familiar, social, laboral, económica, política,… Algo que se ve vulnerado de forma continua. Supone un Estado no totalitario en que las personas participen en las decisiones. Una sociedad respetuosa con la Libertad requiere que no se manipule a las personas condicionando e imponiendo la forma “correcta” de pensar.

La libertad de educación y el humanismo cristiano

La Libertad de Educación conforme reconoce la Constitución Española y recoge la recta doctrina emanada del Tribunal Constitucional. Libertad que se configura como el derecho de los padres a elegir la formación moral y religiosa que desean para sus hijos y el derecho a elegir el centro educativo en donde estudiar; el derecho a crear instituciones educativas, así como el derecho de quienes llevan a cabo personalmente la función de enseñar, a desarrollarla con plena libertad dentro del marco constitucional.

A este respecto hemos de indicar que nadie cuestiona que al Estado corresponde la formación de los alumnos en disciplinas científicas y humanísticas, ya sea Matemáticas, Lengua, Química,…así como en valores cívicos, ajenos a cualquier ideología, y que serán los constitucionalmente reconocidos de tolerancia, respeto, igualdad, no discriminación…que deberán impartirse de forma transversal a través de todo el proceso educativo, y que harán de nuestros hijos buenos ciudadanos de acuerdo con la Constitución que entre todos nos hemos dado. Ahora bien, la formación ético-moral de la escuela corresponde por ley a los padres conforme a sus propias convicciones. Esta es una responsabilidad que no se puede ni se debe delegar pues es la que implica escoger una opción ético-moral y conforme la visión de la persona ante la vida, sus creencias, increencias o convicciones más íntimas, y sólo es competencia de sus padres, que son los que libremente eligen si desean que aquella formación sea conforme a su ética atea, agnóstica o religiosa.

Defender el modelo estatalista (que en nuestra Constitución no tiene cabida) provoca que según quién ocupe el poder, así serán educados nuestros hijos. Claro, quienes así piensan no han previsto que si en el futuro existe un gobierno integrista religioso se apropie igualmente del derecho de educar a los niños (a todos) en su fundamentalismo o en sus dogmas.

El art. 27.2 de nuestra Constitución establece que “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana”. Nadie puede pensar que las Matemáticas, la Física o la Gramática puedan dotar de por sí a un alumno de un pleno desarrollo de su persona, pues para ello, precisará de otros componentes formativos relacionados con los valores y principios. Por tanto, la escuela no es sólo el lugar donde se imparten las disciplinas fundamentales, sino el lugar en el que se aprende a ser buenas personas, buenos ciudadanos, a forjar futuros componentes de la sociedad. Como naturalmente, no todos coincidimos ni tenemos porqué coincidir en el concepto o basamento de esos valores, la decisión de en qué valores ético-morales se ha de formar al alumnos corresponde libre y voluntariamente a los titulares de la patria potestad de los mismos (art. 154.1º del Código Civil) y jamás al Consejero de Educación de tu comunidad autónoma o el Ministro de turno del color que sea. Y esa asignatura en valores ético-morales cristianos, paganos, ateos…será libremente escogida por los padres. No hay libertad de educación si no hay libertad de elección. Hay que recordar que la asignatura de Religión ha sido, es y debe ser, de elección voluntaria por los padres, pero hay que reconocerles esa opción, establecida además en los Acuerdos entre el Estado y la Santa Sede tras la Constitución.

Privar a los niños de la posibilidad de conocer los principios básicos en los que se basa el humanismo cristiano, es privarles de conocer el verdadero fundamento de las declaraciones universales de los Derechos Humanos, de la Democracia o de los principios universales de Solidaridad, y por supuesto en sentimientos esenciales para la convivencia humana como la compasión, el perdón…en suma el amor el prójimo, todos ellos basados en principios que emanan del Evangelio, prácticamente inexistentes con anterioridad y que sólo ellos pueden ser fundamento ineludible y sólido de nuestra paz y concordia entre los ciudadanos de una nación y entre las distintas naciones del mundo.

La nueva ley educativa (LOMLOE) deja la asignatura voluntaria de Religión o su alternativa de Ética en el aire. En efecto. La Ética la impone el Estado obligatoria para todos a través de una asignatura que impone (“Valores Éticos y Ciudadanía”), por lo que la asignatura de Religión, será algo así como una actividad “extraescolar”, que no será evaluable. Nuestro Tribunal Constitucional ha reiterado que el Estado y sus instituciones han de ser “ideológicamente neutrales”. No se pueden impartir obligatoriamente ideologías en la escuela, de ningún tipo, por parte del Estado.

Hay que defender la Constitución Española y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE y el Convenio Eurpeo de Derechos Humanos, con pleno respeto a las libertades y derechos fundamentales, frente a una tergiversación ideológica que instaure un inexistente derecho a la educación del Estado, imposibilitando aún más, escoger en condiciones de igualdad entre educación pública y educación concertada.

En síntesis defendemos que el Derecho a la Educación es de los niños, la Libertad de Educación es de los padres, y la Obligación de garantizarlo al Estado. No existe ni el Derecho ni la Libertad de Educación del Estado.

Almendralejo (España), marzo 2021

Francisco La Moneda Díaz

Humanismo cristiano y futuro

El humanismo cristiano es un punto de apoyo sólido para estructurar un pensamiento sobre el que desarrollar una acción social en los próximos años. 

Existe una batalla cultural a nivel mundial y se expande sobre una población que, en muchos casos, carece de ideas fuertes y sugerentes con las que navegar en la incertidumbre.

La presión de las ideas difuminadoras de la verdad y de la dignidad humana van labrando su camino e instaurándose como el “pensamiento correcto” o ”pensamiento único”. Sin opinión crítica que las confronte. Una batalla cultural en la que desde varias corrientes se menoscaba la profunda dignidad de la persona humana.

Ante esta situación, muchas veces, no es solo la voluntad de no ceder la que falta, también la formación suficiente para analizar lo que ocurre y explicarlo. Y en segundo término, dar una alternativa desde una perspectiva que considere a la persona como núcleo fundamental de dignidad y de la vida social.

El humanismo cristiano es un instrumento fundamental en el análisis de lo que ocurre y en las propuestas de alternativas que se pueden dar. Está construido sobre aspectos inmutables de la antropología humana y de su dignidad, y por tanto susceptibles de aplicarse en todo tiempo y lugar. El humanismo cristiano es un excelente faro para guiarse en tiempos convulsos y discernir ante los problemas actuales.

Partiendo de la persona, su intrínseca dignidad es la que hace “cristiano” al humanismo. Es el Cristianismo quien primero en la Historia pone a la persona, como hija de Dios, en el núcleo de la vida y la confiere de una dignidad absoluta e inalienable. Es el aspecto clave. A partir de esa concepción cristiana de la dignidad humana se ha construido el edificio del pensamiento del humanismo cristiano.  

Ese edificio de pensamiento se ha realizado con aportes del personalismo, de la Doctrina Social de la Iglesia y de autores como Jaques Maritain y Emmanuel Mounier. Se levanta así una base sólida con la que afrontar los problemas del futuro y además lo suficientemente flexible como para aplicarse de forma sugerente y atractiva en las distintas sociedades y culturas del espectro mundial.

La dignidad humana como núcleo de vida desde la concepción hasta la muerte digna, respetada en su ser integral y en todos sus planos, se convierte en la piedra angular del humanismo cristiano. De ahí se desarrolla su concepción de la familia, la sociedad y de los principios rectores que deben guiarla.

La libertad íntimamente ligada a la dignidad humana, supone la existencia de un derecho a ejercerla y un deber de formar la conciencia para ejercerla responsablemente. Esa libertad confronta a sistemas totalitarios explícitos o encubiertos que menoscaban la libertad y restringen los planos espirituales, intelectuales, culturales, sociales, económicos y antropológicos de la persona. La lucha por una libertad plena es uno de los caminos de trabajo principales del humanismo cristiano tanto en el aspecto personal como en el social. 

Esa libertad no se puede encontrar si no está asentada sobre la verdad. La búsqueda de la verdad, una verdad que no depende de nosotros, que nos preexiste. El ejercicio de la libertad está sostenido sobre un juicio de nuestra conciencia de lo que es verdad, de lo que es bueno y lo que no. Que no lo determinamos nosotros. La verdad está íntimamente ligada a la existencia de una ley natural universal y de común aplicación a todos los hombres. Una ley natural y un Derecho Natural que guardan lo inalienable de la persona, de sus derechos fundamentales, y que debe inspirar los Derechos positivos de las sociedades. Derechos positivos que dejan de ser justos en cuanto menoscaban el Derecho Natural.

Ante un mundo dominado por la posverdad y la conformación de la realidad a la voluntad de las sociedades, el humanismo cristiano es la voz que se levanta con la bandera de la obligación de buscar la verdad independientemente del favor en las corrientes de opinión predominantes.

Sin el apoyo en la verdad y el ejercicio de la libertad no es posible la justicia. La justicia en el desarrollo de la vida humana, que la permite crecer en plenitud y con seguridad jurídica y que implica: la defensa de sus derechos a la vida, a formar una familia, a ejercer sus creencias religiosas, a opinar, a la educación, al trabajo, a participar en la vida social. 

El humanismo cristiano no solo surte de valores y pensamiento para tener una visión crítica propia, personal o social, ante situaciones o tendencias determinadas. Un modo de tener una postura firme en las aguas no siempre tranquilas que surcamos. También es una fuente de principios inspiradores para guiarnos en nuestro recorrido hacia el futuro. Por eso, el humanismo cristiano es un elemento de gran peso y difícil de sustituir para todos aquellos que creen en un mundo mejor donde la dignidad de la persona es inalienable y que desean trabajar en la realización práctica de ese mundo mejor en la vida social y política.

Principios que señalan el camino del Bien Común, en cuanto la persona como ser social, y en el que la persona y la sociedad han de buscar lo mejor para el conjunto de seres humanos que la conforman. Bien Común que permita una sociedad donde la persona se desarrolle integralmente. Una sociedad más justa, donde impere la seguridad jurídica y el cuidado del entorno limitado en el que desarrollamos nuestra vida, que debemos de mantener y mejorar para generaciones futuras. El Bien Común también supone una adecuada organización social y política en la que la persona puede participar, que permite a la sociedad llegar a las situaciones más críticas, así como proteger a aquellos que sufren y aupar a los menos favorecidos. Un Bien Común que se relaciona estrechamente con los principios de subsidiaridad y de solidaridad.

En conclusión se puede decir que el humanismo cristiano es tanto un armazón de pensamiento que permite el análisis y crítica de las situaciones e ideas presentes, cómo una guía de acción personal, social y política para los próximos años. Un armazón con la flexibilidad necesaria para aplicarse en cualquier lugar y tiempo, y con la solidez enorme de estar asentado sobre la dignidad humana inmutable e incuestionable.

El humanismo cristiano confronta con fuerza los totalitarismos tanto de estado como de la opinión definida como “correcta” por los poderes mediáticos, económicos e ideológicos. Una batalla cultural y política que puede y debe dar con una alternativa sugerente de futuro.

San Sebastián (España), 3 de enero de 2021

Carlos Barros de Lis