Derecho Natural existe y lo captamos en nuestro interior. De la misma forma que hay leyes físicas, como la de la gravedad, hay leyes morales, como la que ordena respetar toda vida humana. Así ha hecho Dios el Mundo: dos y dos son cuatro, los ratones no engendran caballos y el homicidio está mal. Se trata de esas leyes no escritas de las que hablaron Antígona y Aristóteles, a las que una tradición cristiana bimilenaria llama Derecho Natural. El cual es un regalo que Dios nos hace, pues como dice san Pablo a los romanos esa Ley está escrita en nuestros corazones, en el centro mismo de nuestra alma. Tenemos ahí una chispa de lo divino que permite a nuestro entendimiento discernir lo bueno de lo malo, y eso sin quitarnos la libertad de actuar de una u otra forma. Lo primero que captamos es esto: el bien ha de hacerse y el mal ha de evitarse. Concretando más Ulpiano aludió a vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo; unos principios que el Cristianismo plasmó en el Decálogo, diez palabras que defienden bienes que están en la naturaleza: vivir en la verdad, pureza de corazón, defensa de toda vida humana, amor a la familia, respeto de lo ajeno, etcétera.
«Derecho Natural existe y lo captamos en nuestro interior»
En esta concepción el Derecho no se identifica con la orden del que manda, no es sólo la ley positiva que publica el boletín oficial del Estado, sostener tal cosa es primitivo y simplista. Es algo mucho más rico. Si la Ética es el arte de gobernarse a sí mismo, el Derecho es el arte de gobernar la Comunidad en función del bien y la justicia naturales. Así lo definió el jurista romano Celso, como arte de lo bueno y de lo justo, de aplicar leyes que no son de ayer ni de hoy, sino de siempre. Esa es la razón por la que la Justicia se representa como una Virgen con los ojos vendados, símbolo de incorruptibilidad, que con su balanza nivela y con su espada ataja el mal.
José Ramón Recuero
