LA NAVIDAD, ESE MISTERIO QUE PUSO FIN A LOS SACRIFICIOS A LOS DIOSES

Desde los tiempos extremadamente remotos de la existencia del ser humano sobre la Tierra; desde los albores casi de la humanidad, todas las culturas y civilizaciones, han adorado, temido y suplicado a dioses a los que entregaban sacrificios de animales o humanos, bien para aplacar sus iras, bien para la consecución o logro de sus plegarias. 

La sangre de los corderos, de los terneros, de los niños, de muchos seres humanos, se han derramado, resbalando por las piedras marmóreas desde el ara principal de los improvisados altares, desde los foros principales de los antiguos y majestuosos templos, desde los Fenicios a los Tartesos, los Persas a los Asirios, de Babilonia a Egipto…, incas, mayas o tchaltecas…

Sin embargo, surge un momento de la historia del Universo, en que un Dios, decide empequeñecerse inimaginablemente, y se implanta como embrión humano en el seno de una virgen-niña, de una modesta joven galilea que en una noche de invierno, alumbra a un hombre que vivirá 33 años haciendo el bien, proclamando bienaventuranzas, amando a los pobres, curando a los ciegos, besando a leprosos, dando ternura a los desvalidos, a los marginados, y misericordia a los desacarriados. 

Se entregará Él, Dios mismo, revestido de hombre, con su forma y sus limitaciones, como sacrificio humano ante el altar del mundo, ante la sinrazón, la injusticia, la incomprensión, el reproche, la crueldad y la tortura de los hombres. 

Es entregado a la mezquindad, a la humillación, al maltrato. Se flagela su cuerpo, se lacera su rostro, a su cabeza se incrustan  afiladas espinas. Se le asciende al lugar de su muerte, cargado con pesados maderos, mientras resbala entre su sudor y su sangre. Unos afilados clavos de hierro atraviesan a golpes los huesos de sus pies y de sus manos, que se quiebran… Y se le alza, en lo alto, en la cumbre, desde donde cuelga su maltrecho cuerpo, chorreando sangre, temblando de dolor y derramando lágrimas. 

El Dios creador del Cosmos, de lo Infinito, del Universo, es hoy Él entregado como sacrificio humano, caído, abatido, humillado, pleno de dolor, cubierto de pena…

Ahora ya no es un animal o un niño entregado a un dios falso de piedra o de madera. 

Ahora es el Dios mismo entregado y llevado al dolor y a la muerte, por su propia criatura.

La tarde oscura, se llevó su vida. 

Ya se consumó el Sacrificio del Dios Eterno, por Amor a los hombres, a sus criaturas. Después vino la Luz, y de donde enraizó la muerte, brotó la Vida para siempre, nació la Esperanza.

Y todo ello no nació ni en los dorados templos, ni en opulentos palacios, ni en altares de mármoles ni brillos. 

Fue sobre la sobria pobreza de un montón de paja, y en la temblorosa fragilidad de un niño. Ese es el signo de lo verdadero.

Almendralejo (España), 25 de Diciembre de 2021

Francisco La Moneda

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